Reseñas Literarias




ORDALÍAS (O PINOCHO FRENTE AL ESPEJO)
Jorge Enrique «761» Rodríguez
[…] «pero no puedo asegurar si mentías o si “la muerte no tendrá dominio” alguno en esta singladura, donde se vuelve inútil andar desnudos a la vera de Dos Ríos, sin otro asunto entre bambalinas para timar al tiempo y los demonios».
    --Al pie de los designios III--
Después de tanto bregar la poesía --crearla, leerla, reseñarla-- no he podido alcanzar (ah, la vanidad y la soberbia) los márgenes donde suponemos habita el oficio sumo de comprender su “sino”; la eucaristía de los demonios que franquean sus umbrales. Sospecho que la emboscada nos va a sobrevivir; y a veces creo (afortunadamente a veces) que no vale la pena oponer resistencia alguna ante los designios. Pero la terquedad es naturaleza intrínseca en el hombre, no importa si en el acto de amor homicida que implica “saber” (y “saberse”) se horada a sí mismo y a todo cuanto queda: la memoria y la caída. No importan estos abismos, siempre vuelvo, una y otra vez, a confrontar la lógica poética, prefigurar la manera de asirla, y con ello amagar la perpetuación del pez a contracorriente.
El libro La isla o la ballena --Ediciones Unión, 2010; colección La Rueda Dentada-- de Oscar Kessel Céspedes (La Habana 1950), nos devuelve el desasosiego… el fragor de los demonios zahiriendo el minuto calmo y al animal civil que agazapamos tras la apariencia de un acróbata en lontananza.
La emboscada de La isla… es perfecta. Cuando apenas alcanzamos intuir su advertencia ya es demasiado tarde para simular indiferencia ante la cisura, siempre irreconciliable con la tramoya que dentro y fuera nos habita. La fábula de Pinocho es simplemente señuelo. El ardid que propicia a sus personajes --ya libres de las predestinaciones de Carlos Collodi-- develar sus verdaderas (id)entidades a despecho de lealtades y consonancias; pero no desde esa herejía gratuita de quien todo lo teme/espera, sino desde la signatura irresoluta que no se permite el lujo de extraviar los asombros. Aunque tarde, como dijimos, estas certitudes son posibles vislumbrarlas en un texto como De Pinocho y la alteridad:
«A poco de disiparse el sortilegio
con el primer latido de un corazón humano
siento angustia del Ser
me siento andar en otros y con otros borrarme
Algo en mí se adelanta
--o retrocede a través de las eras--
y ya no tengo la resaca de otro hombre
cuyos huesos se hacinaron por los míos
en un vagón de carga destino Treblinka
el aliento que al mío se mezclaba
en la bodega de algún barco negrero
el otro que habitó mi espacio
mi doble de mazmorras
cárceles   subterfugios   promesas
discursos   metas…
Despierto a la vivencia de ser hombre
y la impronta de lo inhumano
me lame el rostro con su lengua ladina
Ya sé que alguien desperdigó mi aliento
Alguien envejeció por mí
y me duele su experiencia de pasado mañana
Lo veo alejándose hacia ninguna parte
dejando de este lado la ocasión
de preguntarle qué hizo con la dicha
en qué franja de tierra dilapidó mis días
de qué sirvió el horror que conocimos juntos».
Oscar Kessel no busca respuestas en La isla…; como “individuo poético” sabe de las eficacias que nunca nos serán otorgadas en heredad. Hurta entonces el “discurso animal” que Pinocho, Geppetto, o Strómboli no supieron desde nunca (“víctimas [todos] de un comercio más alto ante el que nada [pudieron]”). Y he aquí, tal vez, la prestancia del autor más allá del oficio o las nomenclaturas generacionales que han erigido esos “suaves latifundios” que tanto rehuyera (para bien de todos) Ángel Escobar.
Oscar Kessel (¿lo sabe?) reformula en La isla… la disyuntiva poesía: expresión o actitud. Apenas se detiene a medir los riesgos que entraña la otredad; el modo otro de conjurar los extrañamientos y la trascendencia.
¿Qué decir, entonces, de la lógica poética de Oscar Kessel? Qué agregar al acertado (¿lo sabe?) juicio de Roberto Manzano cuando comparte que, es La isla… un libro «sabiamente elaborado, este trabado conjunto de textos que resulta una alegoría sin reposo, urdida de fábulas sutiles y altas, dichas con entonación griega desde una suma franqueza. Mucha y envolvente cultura hay en su enunciación aparentemente sencilla, y se toca una empiria del destino que revela una acumulación violenta de vivir. Detrás de la fractura que genera haber vivido, el poeta se nos convierte en oráculo de lo inmediato y en un despierto calibrador de la esperanza. El lector que disfruta la poesía de la experiencia más que los melindres transgresores de la forma tiene en este cuaderno un singular espacio para sintonía y la reflexión».
En De cierto gato ciego II es posible verificar esa otra certeza que Oscar Kessel, como si nada (o como si mucho), nos desliza como ¿salvación o perpetuidad?:
«No están los muertos
rondando sus retratos
ni sus almas
             en el Tártaro congregadas
En la manigua espesa   en calidoscópica confusión
durmiendo en la hojarasca
o danzando a la sombra de La Ceiba
están los muertos
No es menester   --si lo precisas--
desandar los cien caminos
ni tocar las cien puertas
ni que pareja alguna de pájaros Zun-Zun
te guíen hasta cierto Ramo de Oro
para hacerte con el peaje de Caronte
    (selvática barba y más extraño sino)
Escucha:
Si abierto ya tu ojo de persona
percibes en la calígine de profusa
y vehemente oratoria
que tu ser sigue atado por hilos
Si un empeño fundacional te alienta
so riesgo de la pérdida   o de Monstruo
dispón el sacrificio de Doce Sueños Elegidos
segados por hoz de bronce
                (al rojo vivo)
y ungido con tu sangre cada uno
Ve al pie del monte   que tu voz tronante
invoque tres veces el nombre de Virgilio
El te dirá --aterrado aún por miserable muerte--

Deshazte de la Maldita Circunstancia
del agua por todas partes
que no sea la pirotecnia de las celebraciones
la que impida tu viaje.
No hay fe segura en sitio alguno.

Así dije hasta verlo entendido
y luego lo vendí».
En fin, La isla… no es otra cosa que nuestras propias ordalías al pie de los designios. A unos y otros nos entrega la elección de ser “este” o “aquel”; la prudencia o el puzzle; el “partir” o el “regresar”… pero nunca la mella distintiva que nos conduce a la oxidación del discurso y la “sobrevivida”.
No es posible asumir  La isla… sin antes derribar los supuestos que otrora significaron equilibrio. Nada será igual cuando (“niño o polichinela”) transitemos la distancia exacta que media entre el “estallido que sobreviene a la caída del jarrón” y la próxima hendidura… o como aceptara Strómboli el titiritero un segundo antes del impacto:
«Dijeron que me alentaba la codicia
pero ya traspasaba el umbral de la vejez
y la bonanza no daba con mi puerta
Sobrevivía a los caprichos de Fortuna
cuando estos dos truhanes: un zorro y un gato
trajeron aquel trozo de animada madera
Lo miré   le oí hablar
no encontré en él más niebla
o más estrella
que en cualquier soñador
Mas tarda el día que amaneces
con baraja de triunfo
y me faltaba la exhibición perfecta…
Era mi oficio trasegar gente sin patria
niño o polichinela
saben los hados   no podía detenerme
Ansiaba el momento de deslumbrar al público
verlo escoger entre el espanto perdurable
o el gozo fugaz
Ahora que es llegada la partida
y los fantasmas de los títeres rotos
me acechan en tropel
he deshecho mi trampa:
es cierto que una vez lucré con la ilusión
pero Pinocho era la víctima
de un comercio más alto
ante el que nada pude hacer».
La Habana, 12 de abril de 2010




REMINISCENCIAS AL BORDE DE LA NOCHE
Jorge Enrique «761»Rodríguez

La poesía es, también, ese acto de memoria que supera al animal inextinguible y soberbio que nos embosca dentro; que nos medita amparado en aquella peligrosa distancia que nadie hurga ni trafica, y en ella, los remanentes se condicionan hacia una herejía que a pesar de todo, salva. Memoria que no es tiempo; que no es discurso; que no es cisura; sino la última ascendencia que habrá de conducirnos, inexorable y siempre, al principio de todo: la dársena donde habitamos al pez que horada, a contracorriente, la disyuntiva de ser y estar. Memoria, en fin, que esgrime el poeta --acróbata que percibe y construye sus extremos--, aun cuando sabe que ejercer la vida (su lógica poética) es alimentar demonios que luego se volverán sus propios cuervos.

  Tal vez sean estas, de algún modo, las prerrogativas que Lázaro Castillo (Yaguajay, 1974) urde en A la entrada de la noche (Ed. Sed de Belleza); sin estridencias ni ambigüedades, sino más bien desde un discurso que redescubre, en la sencillez, la funcionalidad develadora del acto poético. Urdimbres que prefiguran la naturaleza del sujeto (¿lírico o autoral?) que ahora nos emplaza --toda poesía es, también, emplazamiento otro--, y desde esa sindicatura advertirnos que no hay travesía alguna que garantice el sosiego; que «ya no hay infancia»; que ya él, cómplice y señuelo, ha «entrado en la quietud / como al centro del secreto / que indeleble rompe / el reloj de un niño».
A la entrada de la noche es eso, una travesía que no necesariamente implica un antes y un después; sino, y siempre, un ahora. Un ahora entre dos geografías, o entre dos inviernos, o entre dos aguas, o entre dos noches, o entre dos maneras de añorar experiencias similares; y casi no sabríamos distinguir las diferencias, sin antes correr el riesgo de abocar la ingenuidad ante el señuelo que este sujeto poético nos extiende en busca, eso sí, de un diálogo.
¿Podría ser este texto --Hombres de la noche-- una coordenada?

«La vasija cada vez más llena,
la mujer que arrojaba su camisa
sobre el tránsito insoportable.
De la ventana del frente gritaban indecencias.
Teníamos hambre,
todo era visible:
los amuletos colgaban de los clavos de la casa.
En el sillón dormía una señora
que ni se enteraba de los amantes.
No le importaba que lloviera
ni las vasijas llenas de agua.
Cuando el cielo se llenó de piedras
nos marchamos
hacia los hombres de la noche».

Bien se sabe que el fenómeno de la despersonalización --como manera de evitar el introspeccionismo, a criterio de Luis Martín-Estudillo-- no consiste solo en disfrazar u ocultar la voz del poeta, sino que también pone de manifiesto que tal voz no es ni puede ser la de un yo íntegro; es la de un ser que se expone por medio de estos recursos como un sujeto dividido, escindido, descentrado, a menudo consciente de que su identidad es quebradiza, y de que ésta solo se entiende como un proceso en el que participan diversas fuerzas.Lázaro Castillo, aquí, en A la entrada de la noche, reafirma estas certitudes; pero nunca desde la angustia o el pesimismo o la oxidación. La memoria, el ser y estar, son en su lógica poética (la vida, dijimos ya) encrucijadas a las que jamás es posible llegar tarde.
¿Hablará de ello, precisamente, en Olvido memorable?

«Supongo que recuerdes las visitas al mar,
las noches de sexo bajo el mangle,
supongo que un poco de ausencia
de horas sin minutos
te oculten las palabras.
Frente a la estatua de mármol
siempre te escuché
mas no importa,
la música nos salva,
hace que exista este olvido memorable.
Hemos cambiado tantas veces
que casi no conozco tu silueta,
ni el olor de tus manos.
Ahora, el día a día
logrará que la distancia
sea el encuentro utópico,
la renuncia y la ausencia;
y tú entenderás esta luz diferente,
esta agua que ha sido la clave
entre ambos rostros
y ambos cuerpos».

  A la entrada de la noche es un libro de rápida lectura; y también podría ser un libro al que volvamos con extraña insistencia; pero no para hallar respuesta alguna, pues aquí, ni el sujeto lírico ni el autoral abrigan tales imposturas. Quizás hallemos, eso sí, una lógica poética exquisita; una revisitación a la naturaleza intrínseca de todo acto escritural, olvidada para muchos, pero no por Lázaro Castillo: la belleza y su funcionalidad.
¿Es Luz fosfórica un texto que sostiene este criterio?

«Nosotros, en la plenitud del sonido
y la selva caldeada de puertas,
de ceremonias que rodean
las ciudades desaparecidas.
Una luz fosfórica
irrumpe en el azul tatuaje,
las serpientes pierden sus escamas.
Mirábamos la sala vacía.
Los clowns nunca aparecieron
ni en las pascuas,
ni en las fiestas de niños
que rompían en el interior del teatro
las palabras indescifrables».

 No creo pertinente buscar las influencias que permean la obra poética de Lázaro Castillo, y en particular de este cuaderno A la entrada de la noche. Considero que las influencias que determinan los desarrollos de la creatividad son múltiples y su complejidad no cabe en argumentos de carácter puramente historiográfico. Debiera bastar, a veces y a despecho de críticos y crítica, con el camino andado, y por desandar. Escuchar la voz y singlar el discurso, sin la rétorica que rezuman, como decía Ángel Escobar, «esos suaves latifundios». Su poética, a fin de cuentas, crea un yo que no busca la homogeneidad, sino que refleja la multiplicidad de opciones identitarias.
¿O es que acaso, por ejemplo, Tor bella monaca necesita de adeudos?

«Sin entender la penitencia
somos blanco del agua,
del fuego, de la piedra,
de los muchachos que inocentes
cambian la vida por nada.
Somos blanco del espanto que acecha
a un lado y otro.
Observo a un corazón, a un tigre.
Todo termina al amanecer.
Nos dormimos de pie,
amontonados en cualquier esquina».

En fin, A la entrada de la noche nos deja una moraleja (casi mi letanía): la memoria como acto y lógica de vida. Si no es posible con ello saciar la sed, y alguna que otra impostura trasnochada, también su autor les dejará otra advertencia entre esas reminiscencias que hahilvanado como emboscada:«basta con tirar la puerta. / De cualquier manera / un viaje ha de existir».
Y además , ¿dejaría alguna duda Naufragio?

«Entre una columna
y segmentos de historia
han detenido al náufrago.
Aseguran que se ahoga
            en el lugar más íntimo del hombre».

La Habana, febrero de 2012