Jorge Enrique «761» Rodríguez
Dicen las personas mayores que «la crítica es sencillamente el derecho a ejercer el criterio». Coincido total y absolutamente. Sobre esa certitud (y sobre la verdad) descansan las coordenadas de mi lógica de vida. No soy ajeno -- nadie debiera estarlo, pero del diablo son las cosas-- a que la suma de estas actitudes suele entrañar, como resultado, más detractores que comida. Aun así, prefiero la singladura del acróbata; su terquedad de vivenciar los riesgos, y trashumar las cisuras. La verdad --sea la de este o la de aquel-- es inútil cuando no toca fondo; cuando no desgarra; cuando no se asume que llevarla a cuesta es casi contemplarse en el abismo, o viceversa.
La reciente entrevista que Vladia Rubio(1) le hiciera al Ministro de Cultura Abel Prieto Jiménez --a raíz de su intervención en la clausura del Taller Internacional de Redes Sociales--, me recordaría una vieja deuda con el escritor Daniel Díaz Mantilla. El punto convergente, es el tema de la crítica en función de incentivar la conciencia (y la responsabilidad) cívica del individuo.
El 3 de diciembre de 2009, especialmente para el Centro Onelio Jorge Cardoso, Daniel Díaz publicaría un conjunto de apuntes intitulado Breve mirada a los problemas de la crítica en Cuba. Un texto breve, pero lúcido y cabal, donde su autor emplazaba a «esa seudo-crítica complaciente y apologética que abunda donde debería existir un discurso polémico e indagador»; y advertía inmediatamente que «el problema, sin embargo, va más allá de tales comunes impostores; es también un problema de contextos […] Los problemas de la crítica no son sólo de quien la ejerce, sino también de los medios en que se inserta, del modo en que el discurso crítico puede (y debe) dialogar con otros discursos, con la realidad, y con sus diversos receptores».
Estos apuntes de Daniel Díaz --que al menos a mí me abrieron las fronteras hacia otras indagaciones y propiedades (he ahí la deuda)--, contienen el sino de una cuestión que no ha sido capaz de trascenderse a sí misma, ni liberarse de sus espejismos, y mucho menos de (re)formularse las preguntas exactas. El texto de Daniel concluía que:
«El culto a la unanimidad, el populismo, el reclamo de posiciones ideológicas monolíticas y el consecuente recelo ante lo plural, inhiben la intervención crítica de los intelectuales de cara a la comunidad y, al tiempo que conciben una falsa idea de unidad, excluyen y generan apatía entre quienes, por definición, están llamados a inducir las transformaciones sociales. Propiciar la crítica supone pues admitir cierto grado de autonomía y disenso, implica confianza y respeto, y requiere garantizar la presencia de los intelectuales en el espacio público, con voces y criterios propios, acerca de cuanto interese a la cultura. No es posible desarrollar el pensamiento crítico en una sociedad incapaz de autocuestionarse».
No concordar con lo anterior, a estas alturas, resultaría una lamentable herejía que Dios nos libre de transitar. Una “breve” observancia del panorama nuestro (exactamente dos años después de publicarse Breve mirada…) no deja lugar a dudas sobre su vigencia. Tanto de los presupuestos discursados en el texto, como del problema en sí mismo que impugna.
La confirmación de que los demonios no pueden ser exorcizados desde ningún Estatuto o Constitución --ni siquiera desde la vehemencia de la fe, sino desde una praxis tangencial y consecuente-- es verificable en la entrevista concedida por el Ministro Abel Prieto donde expresa sus criterios (y convicciones) respecto a la crítica y a las instituciones de consagración:
[…] «El papel de la crítica artística es esencial, para que le dé argumentos a la gente. Porque una de las trampas más grandes es decir “vamos a darle a la gente lo que les gusta”, entendiendo el gusto como algo que no puede ser enriquecido, modificado; aunque claro, sin imponer patrones. En esas cuestiones a la crítica artística le toca un papel esencial, y hablo de una crítica que al tiempo que especializada, sea accesible para la gente joven. Nosotros tenemos que formar ese receptor crítico, capaz de consumir cultura críticamente; esa es una de las grandes prioridades en cualquier tipo de empeño cultural que nos propongamos».
El Ministro Abel Prieto --en conciencia de que «las posturas elitistas pudieran significar una barrera para sumar voluntades en los empeños por un mundo mejor»-- aseveraba también que «las instituciones tienen que tener la flexibilidad, la atención suficiente a los procesos creativos novedosos». No son gratuitas estas advertencias ante el empuje de las reconfiguraciones discursivas emergentes que, gracias al desarrollo de las Nuevas Tecnologías de la Informática y las Comunicaciones, han suscrito nuevos espacios de creación, de conceptualización, de confrontación, de circulación de los saberes, del arte y la cultura toda. Atento a estas reconfiguraciones Abel Prieto desliza, en las conclusiones de la entrevista, un ejemplo puntual:
«En su trabajo [Los Aldeanos] como en el de otros raperos nuestros, hay una crítica social y ética que tiene que ver con lo que necesitamos discutir en Cuba. Lo llamado “alternativo”, es decir, lo que se hace en términos de arte fuera de las instituciones, si es auténtico, si tiene valor, debe tener un espacio en nuestra política cultural. Creo que hay que reconocer que la Asociación Hermanos Saíz ha estado muy atenta siempre a esas zonas vivas de la creación que nacen y crecen fuera del marco institucional. Es decir, la frontera no está en los contenidos de una u otra obra, en un mensaje o en otro, sino en recibir dinero de nuestros enemigos».
Mi coincidencia con Abel Prieto y con Daniel Díaz, es prácticamente absoluta. Pero no logro deshacerme de esa inquietud (terquedad) intrínseca que nos habita cuando intuimos que faltan cosas por decir y por escuchar. Razón tenía Ricardo Ronquillo Bello(2) --aunque obviaría otras muchas cardinalidades-- cuando expresaba que «aunque en Cuba el habitante superó a veces al ciudadano en no pocos espacios, por razones que ahora buscan ser transcendidas, resulta estimulante la expansión entre los jóvenes de iniciativas que buscan cambiar esa correlación lamentable».
Del mismo modo en que considero que aquel empeño de convertirnos en ciudadanos sin antes ser individuos, es un error en demasía, también lo es el hecho de continuar soslayando la desigualdad antológica entre derecho y deber. Creo firmemente que en esa obviedad (en ese rehuir) --arraigada en nuestras percepciones y comportamientos--, se establece la esencia de las oxidaciones que experimentan nuestros críticos, nuestra crítica y nuestras instituciones. Una indagación --seria, aunque no muy exhaustiva-- sobre nuestros medios de comunicación (y en otras autoridades) nos revelaría que esa “utópica” correspondencia entre derecho y deber --que todo cubano “debe” traer consigo como “derecho” de nacimiento-- es “ilusión óptica”. Durante décadas, la insistencia/jerarquización del deber ha sido siempre abrumadora y excesivamente “priorizada” sobre el derecho; tal vez por esas mismas razones que ahora buscan ser trascendidas, pero que apenas sabemos cómo.
Me resulta imposible imaginar trascendencia alguna cuando se trafica con prejuicios y convencionalismos. Esa crítica que añoramos (yo hasta rezo para que resurja de una vez y por todas) no será posible hasta que el sujeto crítico --pero individuo en resumidas cuentas-- no tema al equilibrio entre derecho y deber, y que esa búsqueda no suponga (al menos no siempre) su vía crucis; su encrucijada.
No pocas veces inadvertimos, a la hora de replantearnos las estrategias de nuestra política cultural, aquellas reflexiones de Juan Benavides --en Definición de la publicidad-- que establecen no pocos puntos coincidentes:
«El hombre y la sociedad tienen un papel muy activo en los procesos de construcción de la realidad, lo que supone que los grupos sociales expresan el entorno de formas diferentes; y lo hacen movidos por intereses socioeconómicos o personales. Esto supone que en la sociedad se construyen formas de entender la vida que no tienen por qué coincidir con una supuesta realidad última y verdadera, que está detrás de las apariencias. La ideología se constituye como una forma de ocultar o como un sistema de representaciones; en definitiva, como una forma de expresar y legitimar el simulacro en que se ha convertido la realidad que viven los individuos […]».
¿Dónde terminaría esa circunstancia del deber en detrimento del derecho? ¿Cómo puedo articular la crítica cuando las circunstancias siempre convocan a la crítica del deber, y ejercitar mi derecho al criterio (en esa circunstancia) supondría abrirle las compuertas al enemigo?
Deberme a la unidad --entendiéndome como individuo que elige participar de un proyecto social-- no puede significar nunca, negarme al derecho de incordiar incluso con ese deber que me convoca. Pero, hasta qué punto estamos (la sociedad cubana y todo lo que implica dentro de ella) en plenitud de conciencia sobre esta disyuntiva.
A veces también rezo para comprender de una vez y por toda; pero confieso que tengo el paliativo de Borges cuando me susurra que no comparta, jamás, «la insufrible teoría de aquellos que piensan que formular un temor es colaborar con el enemigo».
La Habana, 6 de diciembre de 2011
(1) RUBIO, Vladia. Abel Prieto habla de populismos y otros chupis, en www.cubasi.cu, domingo 4 de diciembre de 2011.
(2) BELLO RONQUILLO, Ricardo. Ser ciudadano, en Juventud Rebelde, Edición única, domingo 26 de junio de 2011.
